
My Melody, La melodía que me habitaba
- Carolina Massa
- 23 sept 2025
- 2 min de lectura
My Melody fue mi primera afinidad arraigada. No era solo un personaje tierno: era una presencia que me hablaba sin esfuerzo, sin palabras. Su capucha rosa, su gesto sereno, su forma de estar —bondadosa, cálida, constante— me resultaban familiares, como si ya la conociera antes de saber su nombre. Me gustaba tenerla cerca. No por deseo de acumular, sino por lo que proyectaba en mí: una imagen reconocible, íntima, de algo que ya vivía en mi interior.
Con los años comprendí que esa afinidad no venía del azar, sino de una herencia emocional. My Melody era el eco de las mujeres que me criaron. De su manera de habitar el mundo con una belleza que no dependía de miradas ajenas, sino de una coherencia interna.
Mi abuela cosía su propia ropa. Elegía telas con paciencia, trazaba patrones con precisión, y cada prenda era una extensión de su carácter: firme, meticuloso, elegante, silencioso. Mi madre, incluso en los días más largos, llevaba sus uñas impecables. Sus tacones de puntilla no eran un gesto de coquetería, sino una forma de esculpir su andar, de afirmarse en cada paso. Su maquillaje no ocultaba: revelaba. Era una forma de decir “aquí estoy”, incluso cuando el cansancio la hundía por dentro.
Mi abuela enfermó. Durante años, su cuerpo se fue apagando, pero su voluntad no. Desde la cama, seguía pendiente de todo: de su casa, del trabajo, de mí. No necesitaba moverse para sostener. Su voz, su mirada, su forma de estar eran suficientes.
Crecí entre mujeres que entendían la feminidad como una arquitectura invisible. No era adorno. Era estructura. Era decisión, constancia, mirada.
Y My Melody, con su silencio rosa, me lo recordaba. No era una figura más entre tantas. Era una síntesis. Una forma de ternura que no saturaba, que se sostenía en la sencillez y la constancia de su dulzura. Una estética que no buscaba sobre explicarse, solo ofrecer ese mundo armonioso que su nombre ya anunciaba.
Hoy, cuando la veo, no siento nostalgia. Siento continuidad. Como si esa niña que aprendió a habitar la suavidad siguiera aquí, reconociéndose en cada gesto, en cada color, en cada figura que le enseñó que lo delicado también puede ser poderoso, firme e influyente.
¿Qué figura te enseñó a habitar lo que eres, antes de que supieras que lo estabas aprendiendo?


Escribes muy hermoso y tus recuerdos se vuelven poesía. Gracias por compartirlos. Te amamos.