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La Paz Como Punto De Partida

  • Foto del escritor: Carolina Massa
    Carolina Massa
  • 23 dic 2025
  • 2 min de lectura

Después de muchas reflexiones a lo largo de la vida, y de escuchar a tantas personas hablar de sus inquietudes sobre el amor, he llegado a una conclusión que cada vez siento más cierta: el amor es algo que primero se pule por dentro, y afuera hay que buscar la paz que nos ayude a sentirnos bien y a potenciar lo mejor que hay en nosotros.


Con el tiempo he entendido que no siempre repetimos historias por falta de voluntad, sino porque el cerebro tiende a buscar lo conocido. La psicología lo explica muy bien: solemos regresar a patrones familiares incluso cuando nos hacen daño, porque el cerebro interpreta lo familiar como “seguro”, aunque no lo sea. Como señala un análisis sobre patrones repetitivos, muchas personas vuelven a situaciones que no les hacen bien porque su mente intenta resolver viejas heridas desde los mismos escenarios que las crearon. Y esto no es un fallo personal, es simplemente cómo funciona nuestro sistema de supervivencia.


Además, la ciencia del trauma lo confirma: “El pasado sigue vivo en forma de incomodidad interior”, escribe Bessel van der Kolk, recordándonos que el cuerpo guarda memorias que influyen en nuestras decisiones sin que lo notemos. Cuando no somos conscientes de esas huellas, terminamos repitiendo vínculos que se sienten “familiares”, aunque no sean sanos.


Pero aquí viene lo esperanzador: reconocer nuestra historia y nuestros patrones repetitivos nos da la posibilidad de dirigir la mente hacia nuevos y mejores paradigmas. Cuando entendemos de dónde vienen nuestras reacciones, podemos elegir distinto. Podemos elegir paz.


Y en ese camino, la ciencia de las relaciones también nos da pistas. John Gottman, uno de los investigadores más respetados en este campo, lo resume de una forma que siempre me resuena: “Las relaciones emocionalmente seguras son el mayor predictor de bienestar a largo plazo.”   No la intensidad, no la pasión desbordada, no el drama… sino la seguridad emocional.


Por eso, cada vez estoy más convencida de que el amor que vale la pena es el que nos permite respirar. El que no nos pone en alerta. El que no nos obliga a negociar nuestra paz interior. El que acompaña, sostiene y nos invita a crecer.

Y quizá la pregunta que toca hacerse ahora, desde un lugar honesto y compasivo, es esta: ¿qué pasaría si empezaras a elegir relaciones que te den calma en lugar de tormenta?

Felices nuevos ciclos, y que lleguen con ellos buenos y oportunos cierres.

 
 
 

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